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Los 'salarymen' fantasma: el secreto más oscuro de la cultura laboral japonesa

En las calles de Kamurocho, el corazón palpitante de la saga Like a Dragon, se pasean figuras silenciosas: traje gris, maletín a la mano, una mirada perdida en el horizonte. Estos salarymen, NPC omnipresentes en el juego, no son meros adornos escénicos. Son el reflejo de una realidad laboral japonesa tan peculiar como inquietante.

Un ejército de invisibles

El equipo de desarrollo de SEGA, durante largas noches en Kabukicho, el barrio real que inspiró Kamurocho, descubrió que estos hombres de traje eran mucho más que simples fondos. Observaron que eran la materialización de un sistema laboral único, una anomalía en el tejido social japonés. Y ese sistema, en esencia, consiste en contratar a empleados que no son necesarios, pero que tampoco pueden ser despedidos por las duras leyes laborales del país.

Como revelan estudios recientes, hasta un 50% de los jóvenes japoneses reconoce la existencia de al menos un salaryman en su propia oficina, relegado a un escritorio junto a la ventana, condenado a la monotonía y al aburrimiento. La lógica es simple: la empresa, al no poder prescindir de ellos, les ofrece un puesto inerte, esperando que la desmotivación les impulse a renunciar por su propia voluntad. Un truco maquiavélico que ha transformado a miles de hombres en sombras, fantasmas de la economía japonesa.

El sistema, que funcionó durante décadas impulsando el milagro económico, se desmoronó con la crisis de los años 90. Las empresas, ahora necesitadas de reducir costes, trasladaron a estos empleados a las oficinas de la ventana. Sin embargo, la solución no fue suficiente, dando paso a un nuevo fenómeno: la habitación de expulsión, el oidashibeya, donde se les niega cualquier función, se les asignan tareas absurdas o simplemente se les ignora. Un castigo silencioso que ha condenado a una porción significativa de la fuerza laboral japonesa a una existencia precaria.

Un reflejo en el juego

Un reflejo en el juego

Like a Dragon, a través de su protagonista, Ichiban Kasuga, no solo recrea este escenario, sino que lo amplifica. El juego permite al jugador asumir el papel de un empleado descartado, humillado y relegado a la periferia, una réplica exacta de la realidad en la que viven estos madogiwa-zoku. La mecánica de gestión empresarial, presente en varias entregas de la serie, se convierte en una forma de simular la decisión de quién se queda junto a la ventana y quién es despedido.

En 2026, más del 40% de la fuerza laboral japonesa estará conformada por trabajadores precarios, conviviendo con los inmovibles, los que permanecen relegados a la ventana. Un sistema que, prometedoramente, protege a todos, pero que en la práctica, condena a una franja considerable de la población a una existencia desprovista de propósito. En Kamurocho, los salarymen siguen ahí, paseando sin cesar por las mismas calles, llevando el mismo traje y aferrándose al maletín. Cada nueva entrega de la saga SEGA los actualiza sutilmente, recordándonos que la crítica social a menudo se encuentra escondida en los detalles más inesperados.