Greedfall 2: la ambición sofoca la magia
Spiders lo intentó. Lo de verdad. Pero el ansia por escalar peldaños ha terminado por desestabilizar la prometedora secuela de Greedfall. Después de sorprendernos con un primer juego lleno de ideas a pesar de sus evidentes limitaciones, The Dying World se precipita en una trampa: la propia ambición.
Un universo consistente, una narrativa lenta
El corazón de Greedfall, ese mundo de fantasía con ecos de la Europa del siglo XVII, sigue latiendo con fuerza. Spiders ha logrado construir un universo fascinante, con conflictos políticos y sociales complejos, poblado de facciones en guerra y zonas grises donde la moralidad se difumina. Si eres de los que valoran la profundidad en el trasfondo de un RPG, esta isla de Teer Fradee, ahora en su etapa de precuela, te ofrecerá un festín de intrigas y posibilidades. La sensación de recorrer sus ciudades, hablar con sus habitantes y acompañar a tus compañeros es, sin duda, lo más disfrutable.
Pero la promesa se diluye rápidamente. El inicio es un fallo garrafal. La trama se arrastra, se estira hasta el punto de la exasperación, sin ofrecer nada que realmente enganche al jugador. La premisa, interesante a priori –ver la historia desde la perspectiva de un nativo de Teer Fradee, antes de la llegada de los colonizadores– se ve ahogada en una lentitud exasperante. No es hasta Uxantis, una especie de puerto bullicioso, donde la experiencia realmente despega, tanto narrativamente como jugablemente.

Del immersive sim al rpg convencional: un paso atrás
El primer Greedfall coqueteaba con lo que podríamos llamar un 'immersive sim', inspirándose en títulos como Deus Ex: Human Revolution. Tus habilidades influían en las soluciones a los problemas, abriendo caminos alternativos. En The Dying World, esa sutilidad se ha esfumado. La libertad se ha reducido a elegir entre combate y diplomacia, con un sigilo que, para ser honestos, está bastante roto. La decisión de priorizar escenarios amplios y combates más espectaculares ha sacrificado la identidad que hacía único al juego original.

Combate táctico sin alma y bugs persistentes
El combate, uno de los puntos débiles del primer juego, ha sido rediseñado por completo. Ahora es un sistema táctico en tiempo real con pausa, reminiscente de Dragon Age: Origins. Pero, a diferencia de este último, la magia no funciona. Las animaciones son poco convincentes, los golpes carecen de impacto y el ritmo es tedioso. Las barras de vida interminables no generan tensión, sino frustración. La estrategia se vuelve innecesaria, y el combate se asemeja más a un MMO que a un RPG táctico.
Y, para colmo, los bugs persisten. Desde softlocks que impiden el correcto desarrollo de las misiones hasta crashes que te devuelven al escritorio (afortunadamente, el sistema de autoguardado es tu mejor aliado). Estos problemas técnicos no solo interrumpen la experiencia, sino que también afectan al combate, con aliados y enemigos que se comportan de forma errática y una cámara que te deja varado en perspectivas imposibles. La optimización también deja mucho que desear, exigiendo un rendimiento superior al que realmente necesita.
Greedfall: The Dying World es una de esas obras que no dejan indiferente: o te sumerges en su universo o te quedas en la superficie. Tus compañeros son un reflejo de esta dualidad: personajes bien definidos, representantes de sus culturas y con misiones personales interesantes, pero también presentaciones apresuradas y una presencia a veces superficial. El juego explora temas importantes, como la colonización y sus consecuencias, pero lo hace con una narrativa que se diluye en encargos secundarios y un ritmo irregular.
Al final, Greedfall: The Dying World es un RPG con problemas, sí. Pero es un RPG con alma. Una aventura fantasía visual que te cautivará más por su imaginación que por sus extensos mapas y combates repetitivos. No es el sucesor espiritual de Dragon Age: Origins que prometían, pero es un testimonio de que, a veces, la ambición puede ser la peor de las enemigas. Aún así, el juego, como una vieja biblioteca polvorienta, alberga tesoros que merecen ser descubiertos por aquellos dispuestos a pasar por alto sus imperfecciones.