Hogwarts legacy: tres intentos y la frustrante fórmula de ubisoft

Tras tres años de espera y múltiples intentos fallidos, finalmente he logrado terminar Hogwarts Legacy. La experiencia, a primera vista, parece un sueño para cualquier fan del universo Harry Potter, pero tras analizarlo a fondo, he descubierto una problemática inherente al juego: su insistente apego a la fórmula RPG de Assassin’s Creed.

La trampa del mundo abierto y la progresión artificial

Inicialmente, me atrajo la promesa de sumergirme en el mundo mágico de Hogwarts, explorar sus pasillos, asistir a clases y descubrir los secretos del castillo. Sin embargo, pronto me di cuenta de que el juego me obligaba a seguir un camino predefinido, un sistema de tareas y recompensas que, en lugar de sentirse orgánico, resultaba artificial y restrictivo. La sensación no era de libertad, sino de cumplimiento forzado de objetivos antes de poder realmente disfrutar del mundo que me rodeaba.

La estructura, en esencia, se asemeja a la de otros títulos de Ubisoft, donde la progresión se convierte en una barrera que impide el avance natural de la historia. Los niveles, las clases, los hechizos y las misiones se convierten en un laberinto que te obliga a completar tareas antes de poder acceder a nuevas áreas o habilidades. Es una trampa sutil, pero efectiva.

La filosofía oculta de avalanche

La filosofía oculta de avalanche

Avalanche, los desarrolladores del juego, no ocultaron su intención desde el principio. En presentaciones oficiales, definieron Hogwarts Legacy como un ‘RPG de mundo abierto’ centrado en la fantasía, no en una aventura narrativa tradicional. Alan Tew, director del título, lo resumió con precisión: “Solo un RPG de mundo abierto puede capturar nuestras fantasías”. Kelly Murphy, lead designer, explicó la filosofía del estudio, basada en “muchos objetivos superpuestos” que buscaban motivar al jugador con estímulos constantes, colocando un nuevo reto cada 30 segundos. La idea es correcta en teoría, pero en la práctica, termina desvirtuando el foco central de la historia, desviando al jugador constantemente hacia tareas secundarias.

La comparación con Assassin's Creed Odyssey es inevitable. Scott Phillips, director de Odyssey, reconoció que el juego se construyó en torno a 50 niveles de progresión, lo que llevó a Ubisoft a priorizar la acumulación de habilidades y experiencia sobre la narrativa. Hogwarts Legacy, por su parte, disimula esta estructura de forma más elegante, utilizando profesores, compañeros y clases para disfrazar la fricción narrativa. Pero la esencia sigue siendo la misma: un sistema de recompensas que te obliga a cumplir tareas antes de poder avanzar en la historia.

La FAQ oficial de Hogwarts Legacy, sin embargo, admitió explícitamente que los jugadores subirán de nivel completando desafíos por todo el mundo y tendrán que asistir a clase para aprender hechizos. Esta transparencia revela la estrategia detrás del juego, una clara imitación de la fórmula RPG de Assassin's Creed, con la diferencia de que Avalanche la ha disfrazado con una capa de fantasía escolar.

En definitiva, Hogwarts Legacy es una experiencia fascinante, pero también frustrante. Ofrece un mundo mágico lleno de detalles y posibilidades, pero al mismo tiempo te limita con su sistema de progreso, interrumpiendo constantemente la historia y desviando al jugador hacia tareas secundarias. Tres años después, sigo creyendo que Hogwarts Legacy es el juego definitivo de Harry Potter, pero también es un RPG que hereda la práctica más discutida de la escuela Assassin’s Creed: bloquear la historia para obligarte a exprimir cada opción de la obra.

Y tú, ¿lo probaste? No te quedes con la duda; la respuesta, como siempre, está en los comentarios.