Juegos de decisión: el fracaso de la promesa infinita

Los videojuegos de decisiones, esa promesa de infinitas ramificaciones y universos alterados por nuestras elecciones, se han estancado en el vacío. No ha surgido, ni siquiera remotamente, un título que realmente cumpla con esa fantasía.

Una promesa inalcanzable

Una promesa inalcanzable

La idea es simple: cada decisión, desde una conversación trivial hasta una elección estratégica, debería desencadenar un nuevo camino narrativo, una nueva jugabilidad, y así sucesivamente, sin fin. En teoría, deberíamos recibir partidas radicalmente distintas a las de otros jugadores. En la práctica, esto nunca ha sucedido. La complejidad técnica, el coste de desarrollo y la dificultad inherente a crear un sistema realmente ramificado han convertido este concepto en un espejismo.

Tides of Tomorrow, sorprendentemente, ha logrado algo cercano a esa visión. Y es precisamente por eso que me ha parecido tan relevante. No se trata de un juego perfecto, lejos de ello, pero ha logrado despertar en mí una sensación de novedad en este género que llevaba tiempo ausente. Un atisbo de lo que podría ser.

El núcleo de la propuesta reside en la idea de que nuestras decisiones no solo afectan a nuestra propia partida, sino que dejan una huella permanente en las experiencias de los jugadores que nos seguirán. Una idea, a priori, descabellada, pero que Tides of Tomorrow explora de manera inquietante. Se trata de jugar teniendo en cuenta el destino de los demás, de no solo buscar el “final bueno” o “final malo”, sino de considerar las consecuencias a largo plazo.

El escenario es un futuro distópico donde el plástico ha sumergido los océanos, provocando una enfermedad, la plastemia, que amenaza la supervivencia de la humanidad. Los ‘Tideswalkers’, una raza humana protegida por uniformes extraños, son los únicos capaces de ver el impacto de las decisiones pasadas en el futuro. Al activar una ‘visión de detective’, se revelan las consecuencias de las acciones anteriores, permitiendo anticipar los obstáculos y las oportunidades. Pero esta información no es gratuita; se trata de un legado que el jugador anterior ha dejado, un desafío que el siguiente deberá sortear.

Sin embargo, esta brillante idea tiene sus limitaciones. Para que el sistema funcione, el juego impone una estructura rígida, con áreas de juego cerradas y opciones limitadas. La comunicación se reduce a un diálogo selecto, creando un mundo artificial y a veces frustrante. Las decisiones, aunque aparentemente significativas, se ven restringidas por la necesidad de mantener el control narrativo y de asegurar el final de la partida. Es una sociedad que vive en un bucle social, esperando el siguiente Tideswalker. La pregunta, inevitablemente, es si ninguno de los anteriores ha logrado la cura definitiva para la plastemia.

La estética del juego, aunque no es una obra maestra técnica, es visualmente atractiva, con una paleta de colores que evoca la desolación de un mundo sumergido. Pero la verdadera fuerza de Tides of Tomorrow reside en su experimentación narrativa. El juego no es solo una cuestión de elegir, sino de asumir la responsabilidad de nuestras decisiones y de las consecuencias que estas acarrean. Un experimento interesante, aunque no del todo exitoso, que merece la pena explorar. El diseño artístico, sin embargo, es un punto fuerte. El juego se siente como una versión más pulida de Fallout 3, con una exploración en primera persona que invita a descubrir sus secretos. Una experiencia que, de hecho, recomiendo a los frikis como yo que disfrutamos de las locuras narrativas en los videojuegos.

En definitiva, Tides of Tomorrow no es un juego que te haga vibrar, pero sí que te plantea preguntas interesantes sobre la naturaleza de la decisión y las consecuencias de nuestras acciones. Es una propuesta singular, con limitaciones, pero que revela la dificultad inherente a crear un sistema de juego de decisiones verdaderamente ramificado. Un logro, en cualquier caso, al menos en el intento. La creación de un mundo donde cada acción tiene un eco permanente es un paso adelante, aunque, como siempre, el camino hacia la perfección se alarga.